Estaba yo caminando por el infierno cuando me encontré una escalera. No tenía nada mejor que hacer y la subí. Después de mucho subir me encontré una puerta. La puerta tenía un letrero que decía:
“Del otro lado de ésta puerta está el cielo. Ésta puerta sólo puede abrirse desde el otro lado”.
Así que me senté junto a la puerta a esperar, hasta que me pareció que todos mis amigos habrían tenido tiempo de morir. Entonces me convencí de lo que ya sabía: no conozco a nadie en el cielo que tenga ganas de verme.
Volveré al infierno. Supongo que me lo merezco.
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