Anoche soñé con su ausencia.
Me dió gusto. Había temido soñar con lo irrelevante o con lo incoherente, habiendo tantas noches en que se sueña con zapatos, o con perros en balsas…
Cuando el sueño empezó, tenía toda su ausencia para mi, sentado en la escalera, esperando a que una sombra en el pasillo o un ruido en la habitación anunciaran su llegada.
Despues llegaron todos.(”Todos, menos tu”, dijera Sabina). Creo que, en el sueño, ella sabía ya que los irrelevantes estaban a punto de llegar, y por eso fue que nunca apareció. (Quizá, en su sueño, mi papel era el del primero de los irrelevantes, la avanzada de lo banal.)
Esa no es forma de disfrutar una ausencia. No se puede compartir con espiritus burdos; se pierde. Y como es un despercicio ponerse a soñar con lo que uno ya tiene en el día, mejor desperté.