Se nos contaminó la lengua con eufemismos insidiosos
“Tiene caracter”, dirá alguno que se sentía diplomático y que en realidad quiso decir “a ese no hay quien lo aguante”.
“Este es el modelo austero”, dirá otro cuyo buen sentido de la mercadotecnia le impidió aceptar que eso que vendía era un carro barato.
Y es por culpa de esos malabarismos que se nos empobrece la lengua, y se nos empobrece también el espíritu: ya nadie quiere ni ser austero ni tener caracter.