No hay escritores

Siempre que escribimos, traducimos. No podemos meter la mano en el bolsillo para pasarle a alguien una idea pura: antes tenemos que cristalizarla en forma de palabra.

El escritor necesita una cierta maestría sobre las palabras. Sin esta, no tendrá los elementos para que su “traducción” sea fiel al original de la idea intangible que quiere transmitir.

Pero tras haber dominado las palabras llegará la parte difícil: Falta tener algo que decir.

Las palabras sirven para tomar algo que llevamos dentro y ayudar a que el lector lo haga también parte de si mismo. ¿Quién se atreve a decir que su craneo alberga algo que merece un lugar en los otros cráneos del mundo?

Un escritor necesita intensidad en su vida interior y su vida fantástica. Necesita estar poseído por una noble enfermedad, y trabajar febrilmente con la pluma para lograr un contagio, para transformarse quizá en epidemia.

Por lo mismo, no hay escritores, o al menos no tendría que haberlos: Tendría que haber soñadores, pensadores, o, por que no, sentidores, que además, y un tanto tangencialmente, se ven obligados a escribir.

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