Puedo decir que aun soy el rey de esta ciudad, aunque sea prisionero de esta fortaleza.
Me llaman “El Viejo”, y eso es suficiente. No recuerdan mi nombre. No recuerdan al tiempo antes de mi. Podría haber sido su dios si lo quisiera. Toda su vida proviene de mi.
Estoy cansado.
Dicen que en un principio era el caos, pero ese no es el principio que me importa. Esta vida nació con el cobalto radioactivo allá afuera y con el aire puro en estos corredores herméticos, todos mios.
Durante años creí ser el único, y creí haber destruido a los penúltimos. Aun entonces no lo lamenté: Los falsos penúltimos eran todos soldados. Se creían dueños de estas máquinas que siempre han sido solo mías. También se creían dueños de mí: Me tenían por un mero accesorio de la máquina.
Si hubiera un infierno y alguien bajara para preguntarles, aun ahora no recordarían mi nombre. No saben que los mató el enjambre. Aun si sospecharan, no pensarían que yo lo azuzé en su contra. Culparían a alguna guerrilla imaginaria, a algun agente saboteador.
Son tipos que sacan su valor de la compañia del acero frio. No conciben que alguien se les pueda oponer si no es con balas o con bombas.
O quizá, si supieran todo, me ponrían la etiqueta de saboteador para que todo encajara en su esquema. Niego el cargo. Las máquinas eran mías. Cuando el gran hermano oprimió el gran botón rojo, en ese momento rompió a ese contrato social que me hacía tolerar, de mala gana, a sus agentes.
Ellos oprimieron al botón que soltó a la lluvia nuclear sobre su pueblo. Yo también tenía un botón, el botón al que solo yo entendía, y lo oprimí para soltar al enjambre y liberar de la peste militar a mi pequeño reino.
Un reino solitario. Un reino de uno solo que creía ser el mundo entero.
Pero alguno tuvo que sobrevivir. Algunos organismos tienen más resistencia. Alguno terminó por seguir este camino y atravesar las barricadas. Terminó por llegar a donde mis cámaras lo podían ver.
No puedo decir que me diera gusto verlo. El era la prueba de que quedaban en el mundo otros aparte de mi, pero la gente no me interesa y este no tenía nada de interesante.
El cobalto ya lo estaba matando, pero el enjambre da la vida tan facilmente como la toma. Lo curé más que nada para comprobar que podía, y también por que necesitaba que alguien allá afuera quitara el polvo de las cámaras.
En los alrededores no había gran cosa para comer,pero de todos modos se quedó, famélico, con una existencia casi animal. Lejos de la fortaleza, la radiación terminaría por matarlo otra vez.
Con el tiempo llegaron más, y cada vez llegaban más enfermos: En la medida en que el polvo del invierno largo se iba asentando, en la misma medida la tierra se volvía más letal. Al final dejaron de llegar, cuando nada sobre la tierra habría podido vivir de no ser por la gracia del enjambre.
Quizá no debí haberlos curado: Ese sucio campamento de gitanos que se estaba formando ante mi umbral no me hacía ninguna gracia.
Algunos terminaron por encontrar injusto que yo estuviera adentro y ellos afuera. Intentaron tomar la fortaleza por asalto, pero no tenían idea de la naturaleza de esto. Tenían las armas que habían saqueado del baúl de algun cazador. Yo tenía a la armería del gran hermano. Su destrucción fue inmediata y no hubo más intentos.
El incidente terminó de convencerme de la necesidad de poner orden, así que llamé a los que habían llegado primero, cuando todavía tenía paciencia para interrogar a los visitantes. Los declaré agentes mios. Les dí las armas de la efímera rebelión, y la orden de confiscar cualquier otra arma que quedara todavía en el campamento.
Adelantándome a los hechos, diré que los descendientes de esos agentes terminarían por convertirse en los sacerdotes de mi culto, muchas generaciones después. Pero ya desde el principio pensaba en ellos como los pastores que cuidaban al rebaño que de mala gana mantenía con vida.
Por medio de los pastores organicé a mi pueblo para la agricultura. Me estaban agradecidos por la comida y por la vida. El tributo de los agricultores complementaba a mis abundantes pero insípidas provisiones militares; El de los saqueadores reponía mis reservas de combustible y de los otros materiales con que mantenía la fortaleza.
El tiempo pasó para todos. Allá afuera algunos terminaban por envejecer y morir, muchos nacían muertos o deformes, y alguno que otro nacía vivo, creía, y terminaba por transmitir en sus genes la resistencia a esa muerte que se asentaba.
Aquí adentro, el enjambre repasaba cáda una de mis células y las regresaba al estado original cada que detectaba algun cambio.
Algo había de imperfecto en el algoritmo, por que los años me convertian, digamoslo así, en un ser cada vez mas sintético: como si yo fuera el recuerdo de mi mismo, pero estuviera olvidando cada vez más cosas, transformándome en un boceto sin textura. No estrañaba a nada de lo desaparecido, sin embargo, y mi salud seguí siendo inmejorable. Decidí dejar a las cosas así.
En mi pueblo, las cosas se ponían cada vez mas medievales. Yo los alentaba. Personalmente le debo todo a la tecnología, pero vaya que sé que ese demonio es traicionero. Se que mi gente lo conocerá de nuevo ya que yo me haya ido, pero se que mi silencio puede retrasar su regreso al menos un par de milenios.
Soy el único que recuerda.
En mi pueblo, las cosas se ponían cada vez más medievales. Cuando el peso de la fortaleza vacía se me hizo excesivo pedí a mis agentes que me buscaran esposa, y la noticia que habría querido dar casi como un parte comercial fue recibida como el edicto de algun cuento de hadas.
CONTINUARÁ…
La introversión querido Allan, es una actividad egoísta por definición pero nos hace deseables a las creaturas extrañas que buscan decifrar lo indecifrable, éstas creaturas se acercan con un pallito y nos picotean, mientras perdidos con la mirada en el horizonte nos preguntamos por qué el cielo está tan claro.
Fe de erratas.
*pallito –> palito